Mi inalcanzable cuñada se hizo mi zorra una noche

Este es el primer relato que pongo, a ver qué les parece. Añado una foto de mi cuñada que le saqué del facebook pero sin rostro.
Mi nombre es David y tengo 35 años. A pesar de mis delirios y fantasías sexuales siempre le he sido fiel a mi pareja en turno, en particular a mi esposa con quien llevo casado 8 años.
Quiero hablar de su hermana y espero no se me tome a mal tanto preámbulo. A ella la conocí al poco tiempo de andar de novio con la que sería mi esposa. Desde que la conocí noté su belleza. No es que sea una modelo o la mujer más rica o con la cara más hermosa, de hecho al contrario. Si uno se fija en los detalles, tiene una nariz muy grande y una cejas algo pobladas para mi gusto. Sus senos no son muy grandes y tiene un temperamento fuerte, sin embargo, el conjunto, oh dios!, el conjunto es espectacular. Tiene unas piernas torneadas, carnosas, de lo mejor que hay. El cabello, junto con su forma de vestir, es de lo más cambiante que he visto: estilo hippie, estilo ejecutivo, estilo deportivo, estilo intelectual, cabello largo, corto, semilargo, rojo, güero, negro, trigueño…en fin, el punto es que siempre, siempre, se ve como modelo de revista y se arregla de la mejor manera pero sobre todo tiene un aire erótico. Un no sé qué que al verla en vivo se le alborota a uno la hormona y quiere arrancarle la ropa, moderle el cuello, besarla apasionadamente y arrinconarla contra algún mueble para verla gozar, gemir, mientras uno la hace suya. Es algo extraño y no sé si puedan entenderlo pero no soy el único hombre que se ha sentido así al tenerla cerca.
Desde que la conozco ha andado con varios tipos, la han manoseado en el metro o en el camión, la han pretendido y se ha metido a la cama con hombres casados. Pero sigue siendo extraña.
Lo malo (por lo menos para mi) es que siempre se ha manifestado en contra de traicionar a sus hermanos (tiene dos, los dos mayores que ella) y eso incluye el mantener distancia conmigo, su cuñado.
Eso lo asumí con el tiempo, aunque debo confesar que los primeros años ni me importaba ya que yo estaba perdidamente enamorado de su hermana y me valía poco lo que mi cuñada pensara de mi.
Pero eso cambió con los años al verla en sus distintas fascetas. Sobre todo su temporada ejecutiva porque, verán, yo tengo un gusto especial por las mujeres ejecutivas. Me vuelven loco las mujeres delgadas en tacones y pantimedias, sobre todo las medias de color natural o las brillosas de cualquier color y ella se vestía así en ese entonces. Luego pasó a su etapa hippie y perdió un poco el encanto.
De cualquier manera yo tenía claro que esa mujer no era para mí. Hasta un día.
Ella se juntó con su novio un tiempo después. Se embarazaron y tuvieron un hijo.
Para entonces yo gozaba ya de la confianza de todos y, sobre todo, con respecto a mi sobrino recién nacido a quien a veces cuidaba con ayuda de mi esposa o solo.
Un día me pidieron que les hiciera el favor de cuidar a mi sobrino, lo cual me encanta, pues tenían que ir a la boda del hermano de la pareja de mi cuñada y no tenían a quién recurrir.
En ese entonces mi mujer no se encontraba en la ciudad pues por razones académicas (estaba haciendo un posgrado) había salido del país para hacer un semestre en otro lado.
Llegué temprano por lo que me tocó ver la transformación de mi cuñada: de madre a la hermosa y muy sexy mujer de vestido negro entallado, con escote, medias negras y zapatos altos de tacón de aguja…si las medias hubieran sido naturales sería mi mayor sueño, pero estaba cerca a ese deseo y no tenía nada por lo cual quejarme. Se veía hermosa, excepto porque se hizo un peinado con el cabello recogido y a mi parecer se ve más hermosa con el cabello largo y suelto que usaba en ese entonces. Pero fuera de su cabello y a pesar de las sutiles longitas que tenía, se veía espectacular. Tuve que enfocarme en mi sobrino para no delatarme aunque no me funcionó. En algún momento no resistí y me le quedé mirando embelesado, sólo un instante, pero fue suficiente para que notara en su mirada un gesto de desaprobación y repulsión de su parte. Me había descubierto pero ambos decidimos ignorarlo y actuamos con normalidad.
Me sentí fatal por un momento por aquello pero rápidamente pude superarlo y, al parecer, ella también.
Cuando mi sobrino se durmió, obviamente, me fui a urgar en los cajones de mi cuñada. Tenía una ropa estupenda que no sabía que usaba: un liguero, algunas medias y pantimedias, unos bodys, un baby-doll…me quedé excitado imaginándola usando eso y tratando de identificar algún recuerdo en donde hubiera aparecido algo de aquello.
De repente sonó que alguien llegaba y supuse que ya habían regresado. Me parecía que era algo temprano pero daba igual, era tiempo de entregar cuentas e irme.
Me quedé de piedra cuando vi a mi cuñada. Tenía la cara enrojecida, los ojos hinchados y rojos y el maquillaje corrido: habia llorado.
Rápidamente fui a su encuentro y para tranquilizarla le hablé de lo que habíamos hecho mi sobrino y yo y el desenlace con mi adorado sobrino en su cuna durmiendo como lo que era: un bebé.
Ella fue a verlo mientras yo la esperaba de pie, en la sala, un poco nervioso por la situación. No sabía qué hacer: si irme o hablar con ella. Al final me decidí y cuando salió del cuarto de mi sobrino limpiándose una lágrima, decidí apoyarla.
– estás bien? qué pasó?…siéntate…quieres algo? – le pregunté mientras me dirigía a la cocina a buscar algo qué ofrecerle.
– no, está bien- me dijo mientras se sentaba en la sala
Fui hacia ella y me senté a su lado algo angustiado por la situación.
– en la repisa hay un tequila…puedes darme? – fui aprisa e hice lo que me pidió. Cuando tomó de un sorbo el tequila me di cuenta de que estaba algo tomada.
Me contó que su «marido» no se había portado bien. Había una mujer (su prima? una invitada más?…no recuerdo) y que su marido empezó a coquetearle. Al principio ella no se había dado cuenta o no quería darse cuenta de los intereses de mi concuño para con esa mujer, pero desde el principio le llamó la atención su actitud. Al poco rato, ella estaba con otras personas y se dio cuenta de que su pareja no estaba y que llevaba ausente algo de tiempo así que fue a buscarlo.
Lo encontró en el estacionamiento de modo romántico con esta chica y tuvieron una gran pelea por lo que ella decidió regresar y le exigió que no llegara a casa pues no quería que mi sobrino se viera perjudicado. Al parecer él estuvo de acuerdo en arreglarlo después y decidió quedarse con uno de sus hermanos para discutilo al siguiente día, más tranquilos.
Esa era la situación y yo no sabía qué decirle. Podía contarle lo que él me había confiado alguna vez: que le gustaba mirar a las chicas de la secundaria (tenía un telescopio en su cuarto en aquel entonces) o las varias veces que me había insinuado su interés por alguna mujer, pero guardé silencio al respecto. Intenté consolarla mientras ella seguía sirviéndose y tomando mientras hablábamos en voz baja por consideración al sueño de mi sobrino.
De repente, ella dejó su copa en la mesa y me miró y yo supe qué significaba esa mirada, pero no hice nada pues no quería empeorar esa situación. Su mano se puso en mi mejilla y su cara se acercó lentamente hasta que sus labios alcanzaron los míos.
Era increíble, por primera vez mi cuñada mostraba cierto interés en mí y, más aún, echaba por la ventana todos sus prejuicios familiares olvidando que yo era el esposo de su hermana y me besaba en su sala, con su hijo dormido en el cuarto, como si yo fuera un tipo cualquiera al que se le antojaba besar. No sabía qué hacer, me quedé recibiendo sus labios y lengua sin responder por un momento mientras no podía dejar de pensar en lo mal que estaba que mi cuañda, vulnerable sentimentalmente, borracha y sin tener pleno dominio de su voluntad, tan dispuesta a irse a los brazos de cualquiera por despecho, me encontrara a mi como su escape, a mi, su cuñado, el esposo de su hermana, el intocable…
Por otro lado yo tenía un mes sin mi mujer, estaba cachondo y tan vulnerable como ella.
No sé en qué momento me decidí pero de repente ya besaba a mi cuñada, disfrutando ese par de labios: grueso el inferior y delgado el superior, reconociendo con la lengua sus grandes dientes superiores, recorriendo su boca y dientes con el tacto de mis papilas sin dejar pasar nada sin el paso de mi lengua.
Cuando reparé en lo que pasaba ya la tenía sobre mí, con sus piernas dobladas y abiertas y mis manos estrujando y sobando su trasero sobre y bajo el vestido.
Me seguí por su cuello, succionando y lamiéndolo mientras ella cooperaba haciendo la cabeza hacia atrás para dejarme maniobrar con sus manos rodeando mi cuello.
Abrazados, mientras le ensalivaba el pecho nos acostamos sobre el sillón, yo encima, y bajé rápidamente metiendo mi cabeza entre sus piernas. Había deseando tanto hacer eso: meterme bajo su falda para recibir el calor de sus muslos.
Un fuerte olor me llegó de golpe. Era su vagina lubricada y abierta que me daba la bienvenida. Inmediatamente tomé con mis manos sus pantimedias negras y las jalé y tiré con mis dedos a la altura de su entrepierna para rasgarlas y abrirme paso a ese edén que tanto deseaba.
Su marido era, definitivamente, un estúpido. Esta mujer que ahora se me entregaba con las piernas abiertas tenía el plan de tener una noche especial con él: llevaba tanga. Una tanga de hilo que se anuda en la cadera y que, por lo tanto, pude desprender sin necesidad de quitarle las pantimedias rasgadas.
La abrí empujando con mis manos sobre sus muslos mientras mi lengua dio un paseo largo y lento por la raja de mi cuñada.
Escuché un gemido contenido de placer y eso me animó a seguir y me propuse lamerla hasta que terminara y me rogara por parar. No podía verla, estaba con mis manos firmemente agarrando sus glúteos mientras mi cabeza era aplastada regularmente por sus muslos. Mi lengua hizo lo que quiso, metiéndose en todo resquicio y haciendo suyo el terreno que tenía delante.
Lamí y me moví guiado por sus gemido de placer.
En algún momento me tomó de la cabeza para empujarme y hacerme parar pero yo insití y le quité la mano y sumí y moví mi lengua como ya sabía que le gustaba. Ahora sus muslos me pertenecían y no iba a desaprovechar tan maravillosa oportunidad de probar el calor, el olor y el sabor de su embriagante vagina.
En poco tiempo apretó con fuerza los muslos y tuve que esforzarme por seguir metiendo mi lengua y no detenerme para lograr que llegara al orgasmo.
Gimió profundo y repetidas veces mientras se convulsionaba. Mi meta había sido alcanzada. En algún momento me empujó la cabeza y retiró su edén de mi alcance. Parecía que no aguantaba más y que el placer daba paso al dolor.
La dejé descansar y disfrutar el momento. Pero apenas empezaba. Si ella había abierto la puerta para ser mía, yo tenía el firme propósito de darle el mejor sexo desu vida.
Fui hacia ella, quien todavía estaba en la etapa de relajación y la besé sumiéndola en el sillón, profundamente. Quería que probara el sabor de su vagina en mi boca.
-te gustó?…
-s…s…sí….mucho!
– me alegro…apenas empiezo
La hice incorporase y ponerse de rodillas sobre el sillón de manera que medio cuerpo estaba recargado sobre el respaldo y su trasero a mi disposición.
Rápidamente me saqué la camisa y me bajé los pantalones, dejando que en esa posición reconociera con la mano mi pene erecto. Sabía que no podía estar decepcionada pues mi miembro, aunque no es algo enorme, tiene un largo decente (16.5 cm) y es un poco grueso, pero, a pesar de haber recibido varios miembros entre sus piernas, parece que el mío le agradó en epecial pues al tocarlo, giró un poco la cabeza para intentar verlo y sonrió involuntariamente de felicidad.
Acomodé mi verga rasgando un poco más las medias rotas y coloqué la cabeza empujando lenta pero firmemente pues, a pesar de su excitación y su vagina lubricada, la tenía un poco estrecha. Eso me encantó. La tomé con una mano de las caderas y apoyé la otra en la parte baja de su espalda y empecé a empujar con fuerza. Mi verga se fue metiendo lentamente al tiempo que ella sacaba un quejido mientras más entraba. Seguí empujando sin detenerme pues una vez que entró la cabeza el tronco se fue hundiendo con mayor facilidad. Sin embargo sus paredes vaginales presionaban dulcemente mi tronco ocasionándole algo de dolor y mucho de placer. No olvido ese momento, la dulce sensación de mi verga presionada por las húmedas paredes vaginales mientras la introducía y ella con la boca abierta y los ojos apretados sintiendo lo mismo a su manera.
Cuando la metí hasta donde pude la empecé a sacar hasta donde empieza la cabeza y ella volvió a quejarse, resoplando un poco. La empujé de nuevo y entró un poco más, con la misma reacciónde su parte. Sus manos se aferraban con fuerza, enterrando sus dedos sobre el respaldo del sillón. La saqué de nuevo y la sumí toda, ahora sí hasta los huevos. Su vagina finalmente se había dilatado y su lubricación continuaba trabajando. Entonces empecé a bombearla con mayor felicidad mientras ella gemía cuidando de no gritar y despertar a su hijo. La tuve así un tiempo, dándole por atrás mientras yo la tomaba del cuello con cierta fuerza y le sumía la cara en el sillón o tomándola del cabello, después de lograr soltarle su peinado, obligándola a levantar la cara mientras se la metía. Cada cosa que le hacía era porque notaba que le gustaba.
Yo quería verla terminar de nuevo, observar su cara contraída en el placer del orgasmo pero no parecía que eso sucediera pronto aunque era evidente su gusto por la cogida que le estaba dando.
La giré y la tumbé de espaldas en el sillón y me puse sobre ella tomando sus piernas abiertas entre mis brazos. Por fin tenía su cara frente a la mía y guardaba en mi memoria todo detalle de sus expresiones mientras me la cogía. La besé en varias ocasiones como apoderándome de su alma a través de su aliento. Ella gemía quedito, mordiéndose los labios en ocasiones y apretando los ojos y frunciendo el ceño. Yo le estrujaba los senos metiendo mi mano bajo el escote y noté lo firmes y erectos que tenía los pezones por lo que, llevado por el momento, presionaba con fuerza ocasionando que ella se quejara del dolor. Sin embargo no me quitaba las manos, al contrario, levantaba el pecho y la cara para aguantar el dolor y dejarme seguir. Esta mujer era maravillosa al permitirme disfrutar de su cuerpo de esta manera. En ocasiones le preguntaba si así le gustaba, si estaba bien, si seguía y ella, haciendo el esfuerzo de contestarme, me decía que sí, que siguiera, ya fuera con una explosiva sílaba o un tímido sonido o con el simple movimiento de su cabeza. Yo notaba que estaba gozando como pocas veces y a pesar de que me encanta coger con la ropa puesta era momento de verla desnuda y disfrutarla así por lo que le quité el vestido y el sostén dejándola sólo con las medias y los zapatos, los cuales le pedí que se pusiera y me complació divertida.
Me le fui encima de nuevo, los dos de pie en medio de la sala y la abracé por la espalda para acariciar sus senos con ambas manos, sus caderas, su vientre, sus nalgas hasta meter mi mano entre sus piernas y apoderarme de su raja. Cuando hice eso ella dio un pequeño salto y se inclinó hacia adelante. Con mi mano entre sus piernas caminamos unos pasos de nuevo al sillón para que ella se apoyara y ahí abrió las piernas y yo le empecé a sobar y a meter la mano. Me hinqué y volví a lamerla toda, luego la giré y la empujé para que se sentara en el sillón mientras ella me miraba tratando de adivinar mis intenciones. Cuando me fui con la verga erecta hacia su cara entendió lo que quería y noté que eso, en particular, era algo a lo que ella no estaba acostumbrada. La verdad me sorprendió mucho notar que no era regular que ella hiciera oral pero no pasó a más, fue sólo un gesto momentáneo el que me hizo ver eso pero que bien pudo haberme pasado inadvertido porque inmediatamente tomó mi verga con su mano y se la llevó a la boca.
– Eso, así…mmm…sigue, si… – ella se fue guiando por mis expresiones y cuando agarró confianza empezó a mamármela a su antojo, como si realmente quisiera comérsela. – Mírame a los ojos – le dije un par de veces para verla tragarse mi palo.
Cuando decidí que era suficiente pues no quería terminar todavía, no hasta hacerla venir de nuevo, me la llevé abrazada hasta su cuarto. Lo hice principalmente por dos razones: una, tenía un morbo tremendo por cogerla en su cama donde duerme con su marido y así profanar el sagrado lecho matrimonial y dejar claro que, al menos esa noche, había sido mía por completo y dos, quería verla en el espejo mientras se la metía por atrás. Mi primer motivo estaba justificado por su tímida resistencia y su «qué haces?», lo que me indicó que ella también se daba cuenta de la trasgreción simbólica.
La puse contra el tocador y se la dejé ir de un sólo golpe. Qué maravilla de trasero y caderas. Ahora tenía toda la vista para mí, su trasero y sus piernas abiertas sobre sus tacones, su espalda tersa y suave, sus tetas colgando y balanceándose tímidamente (recuerden que no tiene muchas) y su cara transformándose según sus sensaciones. Sí, también su piel un poco flácida por falta de ejercicio pero omitible a la mirada y tacto al tener todo su cuerpo empinado frente al espejo con mi verga penetrándola con fuerza y saña.
Después de un rato de cogerla así, la pasé a la cama con cierta premura ocasionando que cayéramos juntos sobre ella. Nos besamos y acariciamos frenéticos al aterrizar sobre el colchón. Me levanté y caminé al costado de la cama para cogérmela en una posición poco usual que vi en algún libro o programa de educación sexual, no recuerdo. Lo importante es que quería darle la mejor cogida de su vida, una cogida tan buena que no pudiera resistir repetir conmigo en el futuro inmediato. Porque tenía mucho tiempo deseándola y creyendo que era algo imposible y porque, además y aunque esto no le importara a ella, había logrado que por primera vez desde que me casé le fuera infiel a mi esposa, su hermana. Esto sin mencionar que por los lazos familiares nos seguiríamos viendo, visitando, encontrando en las reuniones familiares y saber que me la había cogido y tenerla de frente pensando que nunca más ocurriría, no era una opción que quería tener a partir de entonces.
Así que la jalé hacia mí sin dejarla levantarse, le abrí en tijera las piernas y se la metí. Parecía que su vagina no lograba acostumbrarse a mi verga porque otra vez hacía muecas de dolor y sorpresa, eso me excitó. Me gustaba ver que en cada nueva metida transgredía su vagina como un invasor. Pero no me la cogí así, en cambio, con su espalda firme sobre la cama, tomé su pierna izquierda y la bajé en arco hasta que se recargara con su pierna derecha que estaba sobre el colchón y le pedí que cruzara las piernas. Su cuerpo era una L con el torso viendo hacia el techo. Ahí empecé a metérsela y sacársela repetidamente y parece que la posición surtió efecto. Ella me mirada a ratos con los ojos abiertos como platos mientras resoplaba y luchaba por no gritar para no despertar a su hijo dormido en el cuarto de al lado. Le di duro, adentro y afuera con velocidad y fuerza. Ella se retorcía aunque mantenía la postura. Después de un rato así en que me cansé, me acosté en la cama y le dije «sube» y ella dócilmente me montó con la cara al frente y se enterró mi verga haciéndola desaparecer en un sentón. Esta postura me encanta porque me permite descansar un poco al tiempo que disfruto de sentir cómo mi verga entra y sale de la concha, además me permite ver en primer plano la cara de placer de mi pareja y me deja jugar con sus senos de manera cómoda.
Ella se detenía a momentos, recostando su cabeza sobre mi pecho para evitar gritar de placer.
Para ese momento en que ya no sabía si ella había logrado otro orgasmo o no, estaba claro que ya estaba cansada y yo empezaba a estarlo por lo que decidí que era mi momento de terminar. Para esto hago el comentario de que soy un tipo con la fortuna y la desventura de tardar en llegar al clímax y descargar la leche. Fortuna por obvias razones: aguanto bastante y desventura por lo mismo: a veces aguanto más de lo que a mi pareja le gustaría que lo hiciera. No creo que en este caso se pueda catalogar de desventura, al contrario, pero no quería llegar al otro extremo así que la acomodé de perrito, que es la única forma que tengo de poder venirme con cierta facilidad (a menos que me aguante voluntariamente) y empecé a sumírsela. En este caso cuando estoy buscando terminar tengo que ser bastante egoísta y sólo me concentro en mi placer por lo que la cogí con rudeza enterrándole los dedos en las nalgas, agarrándola del hombro para hacer palanca y metérsela con más fuerza y apretando el cuello bajo la nuca para hacerlo con firmeza. Ella me dejó hacer lo que quise comportándose muy sumisa y comprensiva. Al poco tiempo sentí que lo lograba y le pregunté dónde le echaba la leche. Me contestó con un odioso «donde quieras» y yo le di una última oportunidad «segura? no quieres en algún lugar?» a lo que ella me regresó un «no, donde quieras», entonces me cabrié un poco por su indulgencia, le di otra oportunidad «adentro?» y se quedó callada un momento, mordiéndose los labios, «donde quieras» repitió y no desaproveché la oportunidad de cumplir otro de mis caprichos con ella y entonces sentí que me venía y saqué rápidamente mi verga y me acerqué a ella al tiempo que la tomé de la cabeza y de la cara y antes de que se diera cuenta mi verga ya estaba entrando en su boca y ella no supo reaccionar y mi leche salió disparada como fusil en su boca abierta. Salió bastante semen y la mayoría cayó de su boca a la colcha pero algo le quedó embarrado en toda su boca. Con su mano intentó cachar lo que se le salía pero era inútil y el semen terminaba resbalando hasta abajo manchando la tela de la cama. La imagen de mi cuñada, desnuda y sentada sobre sus piernas a mis pies, con mi leche escurriendo lentamente por la comisura de sus labios y su mano en el aire llena de semen residual que goteaba hacia la cama es algo que siempre tengo en mi mente.
Ella se apresuró intentando levantarse y llegar al baño pero la detuve con una mano y la regresé a su puesto: «trágatelo, quieres? déjame verte haciéndolo…»
Ella me miró condescendiente y supongo que mi cara le hizo sentir algo porque en seguida tragó el semen que tenía pegado en la boca y después llevó su mano a su boca y empezó a lamer y limpiar su mano pasando su lengua entre los dedos mientras me miraba seductora y desafiantemente mientras yo la observaba extaciado. No sé qué me impulsó a hacerlo pero cuando terminó la tomé del cabello y llevé su cabeza encima de la mancha mayor de leche que había en el colchón y noté excitado que ella empezaba a lamer y recoger con sus dedos el semen de las cobijas y después, sin yo pedirlo, se fue sobre mi falo lánguido y se lo metió a su boca en un estado de trance mientras éste comenzaba otra vez a crecer dentro de sus lamidas y chupadas.
No pude contenerme y para su sorpresa me fui sobre ella de nuevo y empecé a metérsela al estilo misionero sin pensar en nada más que poseerla y usarla a mi antojo para terminar aquella experiencia de manera fenomenal.
Estaba embriagado de deseo por haberla visto tragarse mi semen de manera tan sexual así que la cogí con mi mano en su boca, metiéndole los dedos y estrujando con fuerza sus senos con mi mano libre. A pesar de mi estado obsesivo logré notar lo sumisa y dispuesta que se mostraba a mis caprichos y creí notar gestos de goce por el trato que le daba. Se la metía con fuerza, levantándole una pierna hasta su límite, luego la otra, luego llevándola al borde la cama para que su cabeza quedara en el aire, luego de espaldas, de perrito, sobre mí, los dos sentados, yo acostado, ella cabalgándome dando la espalda. Entre tanto le pellizcaba las nalgas, los senos, le mordía los pezones, le jalaba el cabello…en fin, terminé por regresarla a la posición original para ver su cara y estimularme con su rostro sudado y colorado mientras se tragaba mis dedos. En esta ocasión no le pregunté y descargué por segunda vez esa noche pero ahora en su vagina, dentro de esa cueva donde había tomado forma mi sobrino y donde su marido era el único hombre que se creía con derecho de depositar su leche. Ya no lo era. Ahora era mi derecho, mi vagina por esa noche, mi mujer y mi puta.
Cuando terminé empecé a besarla con ternura y pasión deteniéndome en su boca, probando su aliento y su saliva.
De algún modo ella dio por terminado todo y se levantó mientras me decía «ya es tarde, vístete y vete».
Eso me sorprendió mucho después de haberse mostrado tan sumisa y complaciente antes. Sin embargo obedecí sin decir nada. Me vestí y tomé mis cosas para no perturbarla. Antes de salir, ya en la puerta, le di de nuevo un beso profundo y me apoderé de su trasero al tiempo que le decía al oído «si alguna vez quieres seducirme de nuevo, viste medias naturales y zapatos de tacón delgado».
Di media vuelta y me fui, dejando atrás una de las mayores experiencias de mi vida.

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